EL ASUNTO.
Por: Miguel A. Casas
Temprano en la
mañana, Emilio está frente al volante de su reluciente BMW M6 provisto de 5 mil
centímetros cúbicos de cilindrada. El silencioso motor apenas da muestras de
estar encendido; el sistema de audio con siete graves, cuatro agudos y dos
centrales inunda suavemente el interior forrado en piel; el climatizador
digital mantiene la temperatura exacta en todo el vehículo. Es una delicia
conducirlo. ¿Y los niños? Emilio miró por el espejo retrovisor ajustándolo para
enfocar la puerta ¿Por qué se demoran tanto? Estuvo a punto de tocar la bocina
pero allí estaban. Carlos Alberto y Fernanda, con sus uniformes de colegio
inglés y sus mochilas. ¿Se acordarían de traer los notebook nuevos?
Fernandita abrió la puerta del pasajero y movió el asiento de
cuero legítimo para dejar pasar a Carlos Alberto, hoy le tocaba a ella viajar
adelante. Se sentó junto a Emilio y ajustó el cinturón. Lanzó una sonrisa a
Emilio. Era el vivo retrato de su madre. La niña ajustó los controles para mover
el ancho del respaldo, el apoyo de los muslos y elevó la calefacción del
asiento. Atrás Carlos Alberto estaba entretenido con su MP4 y hacía pasar a
vertiginosa marcha la enorme cantidad de imágenes de su dispositivo. Tras un
breve recorrido llegaron al colegio. Un par de guardias controlan el acceso,
las profesoras esperan con sus faldas plisadas a los niños que bajas de los
automóviles. A la distancia Emilio divisa a María Elisabeth, la mamá de una
amiguita de su hija. Le saluda con un gesto, la mujer le devuelve una amplia
sonrisa cómplice.
Apenas abandonó la
calle del colegio pulsó uno de los controles del volante y llamó por teléfono
con el interfaz Bluetooth. Al doblar una esquina se le podía ver en el interior
climatizado de su elegante BMW color guinda seca, mientras hablaba en voz alta
por su móvil celular.
El estacionamiento
del mall Plaza Vespucio a esa hora de la mañana estaba repleto. Sergio dio un
par de vueltas hasta encontrarse con una camioneta LUV que dejaba un espacio
libre. Alcanzó a meter la punta de su Mitsubishi Montero justo antes de que un
Daewoo Espero del 97 tratara de colarse por el otro lado. Presionó un poco el
acelerador para hacer retroceder al auto viejo. Los niños aplaudieron la
pericia del padre. A su lado su mujer le sonrió mientras hacía un gesto obsceno
por la ventana. Un par de filas más allá un vetusto furgón Suzuki pequeño, de
los conocidos como “pan de molde”, se estaciona entre dos Chevrolet Corsa. La
familia baja del Mitsubishi Montero todavía celebrando la captura del espacio.
—¿Te fijaste la cara que puso el
viejo? —chanceó Sergio.
Su hijo adolescente
mostró los dientes junto con arquear las cejas. A su lado la madre, vestida de
riguroso buzo deportivo y zapatillas blancas nunca usadas para dar más de
veinte pasos, soltó una carcajada que agitó su cabellera mal teñida y su
desordenado moño. Un poco más atrás la niña, con audífonos conectados a su
pequeño reproductor MP3, miraba sin comprender tanto escándalo. El padre, entre
risas, acciona el control remoto de la alarma y un chillido escapa del Montero.
Desde el Suzuki bajó
una muchacha vestida con ropa deportiva de buena marca, su teléfono celular en
la mano y camina con paso discreto detrás de la familia que ya está entrando
por las puertas automáticas del edificio. Su tarea es seguir al grupo e
informar por el móvil sus movimientos en el mall.
Se abre la puerta de corredera del
furgón y baja un tipo vestido con un overol manchado de óxido y una caja de
herramientas en su mano. Con balanceo musical, siguiendo el compás de su CD
portátil, caminó con seguridad hacia el Montero. Llegó junto a la puerta del
conductor, abrió la caja de plástico reforzado y sacó una herramienta. Un tubo
plateado unido a un tornillo sin fin terminado en una palanca cruzada. Con seguridad
profesional colocó la boca de su instrumento sobre el cilindro en la puerta, un
suave golpe en la parte trasera y un giro. El tambor de la chapa salió con
facilidad pasmosa. Lo examinó con parsimonia y luego lo guardó en su caja. Se
dio media vuelta y miró en todas direcciones. Un par de muchachas preocupadas
de sus bolsas, un joven discutiendo a través de su teléfono móvil, una pareja y
dos pequeños niños comiendo helado. Sin vacilaciones caminó de vuelta al
Suzuki, dos golpes y se abre la puerta. En su interior puede verse un pequeño
taller de cerrajería. Taladro, esmeril, una mesa de metal. Colgadas de la pared
gran variedad de herramientas. Limas, alicates, tenazas, punzones, martillos de
varios tipos y tamaños. Sobre la mesa, tornillos, tuercas, ganchos, candados,
paletas de llaves. El joven sacó la herramienta con el tambor en su interior y
se la entregó al cerrajero. El maestro sacó con destreza el cilindro del tubo
metálico y lo colocó en el tornillo de banco protegido por un juego de mordazas
de goma para no dañar el bronce. Con las herramientas adecuadas desarmó el
producto dejando expuestos los pines o patillas. En las cerraduras cilíndricas,
el tambor se sitúa en el agujero de la caja exterior. Por un lado está el
agujero para introducir la llave y por el otro está la leva que abre el
mecanismo del cerrojo. En el tambor hay cinco o seis agujeros verticales, allí
están las patillas redondeadas que, si quedan alineados a la altura de corte,
permiten que el tambor gire con facilidad. Para abrir la cerradura, el tambor
tiene que rotar y es sólo con los dientes o surcos correctos que las patillas
quedan a la altura correcta para girar. Estiró la mano y cogió una paleta de
llave nueva. Con un delicado juego de limas y el fino esmeril fue moldeando la
paleta de metal suave hasta reproducir los dientes exactos según la forma del
cilindro. Una vez completado su desgaste, probó y repasó la paleta hasta quedar
satisfecho. Lo introdujo al cilindro y las patillas quedaron en perfecto orden.
Sólo con un gesto le indicó al muchacho que su trabajo estaba terminado.
De vuelta junto a la
Mitsubishi Montero el operario instaló con un solo movimiento de vuelta el
cilindro a la puerta. Introdujo la llave y con toda facilidad giró, haciendo
saltar los seguros. Volvió a cerrar y se alejó de vuelta al furgón. En su
bolsillo sonó el ringtone musical de su teléfono.
Justo cuando el
Suzuki pasaba frente a la puerta del mall, Sergio y su familia venían saliendo
con diferentes bolsas multicolores. El furgón se detuvo un poco más allá y
esperó a la muchacha que con una breve carrera llegó al vehículo. Subió justo
antes de que el conductor pisara el acelerador para salir a velocidad moderada
del estacionamiento.
Varios metros antes
de llegar al Montero el padre levantó el control remoto instalado en su llavero
y el vehículo le contestó desconectando la alarma. Abrió la puerta y subió. Por
las otras puertas abordó la familia. Sergio puso la llave en el contacto y con
un giro el motor arrancó suavemente. Con una sonrisa de satisfacción puso
reversa y comenzó a retroceder.
—¿Quién quiere ir al MacDonald?
Todos vitorearon felices.
Al día siguiente,
bien temprano, desde una pequeña vivienda igual a otras muchas sale el mismo
Mitsubishi Montero. Sergio se detiene afuera y baja, dejando el motor encendido
para cerrar la reja metálica de su antejardín. Ajusta el candado y aborda su
vehículo. Mientras conduce en dirección al trabajo observa las paletas
publicitarias plantadas en la amplia avenida. Una de ellas promociona un seguro
automotriz en cuotas con tarjeta de multitienda. El automovilista medita acerca
de la necesidad de comprarle un seguro a su nuevo Montero. Por ahora, con el
pago de las cuotas mensuales no es posible, pero en un tiempo más...
Al
llegar a la calle donde siempre dejaba su automóvil se encontró con que su
espacio estaba ocupado. Miró en todas direcciones pero no estaba Rafita, el
cuidador de autos. Tocó la bocina, nada. Dando un puñetazo al aire avanzó media
cuadra y se estacionó junto a la acera. “Le voy a recortar la propina al
Rafita” pensó.
Pasado un rato,
apenas Sergio entró por el amplio portón de la empresa donde trabaja como
subgerente de ventas, desde el mismo vehículo que ocupó su espacio bajó el
acompañante del conductor. Un muchacho vestido de cotona blanca y con un gran
logotipo “Mitsubishi” impreso en la espalda y bolsillo. Camina hasta llegar al
Montero, saca la llave de su bolsillo y con toda confianza abre la puerta. La
alarma alcanza a dar un breve chillido antes de que con rápido movimiento la desconecte.
Sube y enciende el contacto. Con destreza saca el vehículo de tracción en las
cuatro ruedas y sale en marcha lenta.
Conduce con toda
tranquilidad, da un par de vueltas para asegurarse de que nadie lo sigue y
enfila hacia el barrio comercial. En una tranquila calle lateral detiene el
Montero. Saca la llave del contacto y la coloca bajo el piso de goma. Baja y
cierra la puerta. Se quita el guardapolvos y lo guarda en la bolsa de plástico
de una conocida tienda de departamentos. De su bolsillo saca una cajetilla y
fósforos. En su teléfono móvil marca un número, deja sonar dos veces y corta.
Enciende el cigarrillo y se aleja calle abajo.
Al poco rato, emerge presuroso
por la esquina un hombre de unos cincuenta años, canoso y con sobrepeso. Con la
respiración entrecortada por el esfuerzo llega hasta el Montero. Abre la
puerta, busca la llave en el piso, enciende el motor y sale.
Por la autovía
pronto llegó hasta una parcela en la zona norte de la ciudad. Frente al portón
metálico toca la bocina, se abre una mirilla, luego escucha el cerrojo y un
muchacho abre la puerta. Hace entrar el Montero hasta un amplio terreno de
tierra apisonada. Junto al muro de pandereta se pueden ver varios container
apilados, conduce lentamente y estaciona junto a una caseta. Desciende del
vehículo y entrega las llaves al muchacho, éste le entrega un sobre cerrado y
el gordo sale con dificultad por una puerta pequeña en el portón. El muchacho
cierra la puerta por dentro y observa a través de la mirilla hasta asegurarse
de que el gordinflón está bastante lejos. Vuelve al Montero, sube, lo pone en
marcha y lo lleva hacia el fondo del sitio. Pasa a través de una puerta falsa y
surge en una callejuela estrecha. Por allí se aleja un par de cuadras hasta
llegar a una modesta casa de adobe. Baja para abrir la desvencijada puerta de
madera y entra con el automóvil. Sigue hasta el fondo y tras la casa lo
estaciona junto a otros dos vehículos cubiertos con trozos de lona oscura.
En la enorme oficina
del piso catorce del ultramoderno edifico, pleno sector moderno del barrio El
Golf, los amplios ventanales se abren a la imponente imagen de la Cordillera de
los Andes. Sentado en su sillón de cuero está Emilio hablando por teléfono.
Entra una muchacha rubia platinada con un café espresso y lo coloca sobre el
escritorio, junto a unos papeles con cifras subrayadas con tinta azul. Emilio
le hace un gesto de agradecimiento y le indica que al salir cierre la puerta.
—Si pues compadre —dice con voz
engolada—, yo creo que la mercadería la voy a tener este fin de semana o a más
tardar principios de la próxima.
Escucha impaciente lo que dice
el auricular, tamborilea sobre la cubierta de vidrio color humo de su
escritorio.
—¡De primera, confirmado!
—exclamó— ¿Con cuánto te inscribo? ¿Un par de kilos?
II
En el aparcadero
clandestino un par de operarios está terminando de colocar un juego de placas
patentes al Montero. Ahora han aumentado los vehículos y se pueden contar ocho.
Todos son modelos cuatro por cuatro, de potentes motores. Nissan, Ssanyong, Mitsubishi, Land
Rover. Desde la
casa de adobe salen varios hombres vestido con tenidas sport de buena marca.
Cada uno carga un bolso deportivo o una pequeña mochila, incluso uno de ellos
viste traje y corbata. Justo en ese momento llega un moderno Chrysler Sebring
plateado, con su motor de dos mil setecientos centímetros cúbicos y seis
cilindros en V, aplasta las piedras del ripio en el piso con un sonido grave. El
conductor desciende presuroso para abrir la puerta trasera. Un hombre gordo baja
con dificultad, vestido de traje y seguido de un ayudante con maletín metálico.
Saluda en general y los hombres rodean al recién llegado. Con un gesto el gordo
pide a su ayudante que abra el maletín. Saca varios sobres y entrega uno a cada
individuo. Luego extrae distintos teléfonos celulares y comienza a repartirlos
de acuerdo al número escrito en la cinta adhesiva que los cruza. Mira su reloj
inquieto.
—¡Ya niñitos! —exclama
palmoteando las manos— Es hora de partir.
El
primer conductor sube a un Land Rover Discovery plateado y lo pone en marcha.
Su motor de cuatro mil cuatrocientos centímetros ronronea suavemente. Los seis
cilindros en V del modelo a gasolina se mueven sin prisa en el bloque de
aluminio, alimentados por treinta y dos válvulas cada uno. En el interior,
ajusta el volante y acomoda el asiento hasta quedar en la posición más cómoda.
Observa el sistema Bluetooth, revisa el sistema de audio y lo enciende. Los
trece altavoces y subwoofer inundan con su sonido envolvente el interior
tapizado con piel color ébano. Apenas acelera un poco se libera el freno de
mano electrónico. Coloca la palanca en D y avanza lentamente. Con un gesto se
despide del grupo y sale del estacionamiento en dirección a la autopista
cercana.
Cinco minutos
después es el turno del Mitsubishi Montero. Un muchacho vestido con jeans
descoloridos y polera arroja su mochila al interior y lo aborda. Para probarlo
da un empujón violento al acelerador. El motor responde con un rugido.
Satisfecho, acomoda los espejos y sale en la misma dirección del Land Rover.
Tras una espera de
diez minutos, el gordo hace una seña al tipo vestido de traje para que aborde
el Ssanyong Rexton II XVT. Equipado con un motor diesel de dos mil setecientos
centímetros y caja de velocidades automática T Tronics inteligente de cinco
velocidades con comando al volante. El conductor manipuló el control digital
del aire acondicionado y cerró todas las ventanillas. El vehículo color grafito
con ruedas de aleación salió presuroso con dirección a la autopista.
A intervalos de
cinco, diez y quince minutos salen uno a uno todos los vehículos. Terminado el
despacho, el gordo con su ayudante abordan su automóvil y salen a escape. Los
demás hombres en ropa de trabajo se quedan para cerrar el recinto y se alejan
caminando por la callejuela interior.
En la carretera el conductor
vestido de traje está saliendo de la zona urbana en dirección al norte. Recibe
una llamada telefónica, contesta y entrega su ubicación exacta. Conduce
relajado. Pasado un rato, suena nuevamente el teléfono móvil y simplemente
entrega su ubicación.
En su elegante
oficina Emilio recibe por teléfono un detallado informe que anota en una hoja
de papel.
El joven conductor
que viaja en el Nissan Murano TL 310 azul metálico se desplaza veloz por la
carretera con el volumen del equipo de sonido Bose Digital muy alto. Después de
una cuesta un vehículo policial a un costado de la carretera. Un policía alza
su brazo y le indica que estacione a un lado. El joven desvía el vehículo,
apaga el equipo y detiene la marcha. El policía se aproxima a la ventanilla y
le pide su documentación. Desde el sobre depositado en la guantera extrae
varios papeles que entrega al uniformado. El policía los revisa atentamente.
—Espere un momento por favor—
dice al conductor y se dirige a su coche policial.
Al poco rato regresa y entrega
los papeles al conductor.
—Eso es todo —dice mientras le
pasa el legajo por la ventanilla— Puede proseguir su marcha.
—Gracias —atina a decir mientras
guarda los papeles.
El muchacho esboza
una sonrisa y sale de nuevo a la carretera. En cuanto se aleja un par de
kilómetros, y muy atento al espejo retrovisor, coge el teléfono y hace una
llamada.
En una reducida
oficina donde apenas cabe un escritorio y una silla, un hombre en mangas de
camisa contesta la llamada de uno de los varios teléfonos móviles que descansan
sobre la cubierta. Toma notas en una libreta de apuntes.
—Okey, te vuelvo a llamar en
unos minutos— dice al aparato.
Corta y coge otro
aparato, un Motorola W220, marca un número y espera.
En un elegante
restaurante de Avenida El Bosque Norte un grupo disfruta de buena mesa y
conversación. Dos hombres de edad mediana y tres muchachas rubias ríen de las
ocurrencias de uno de ellos. Suena un Rigntone con un trozo electrónico de la
Quinta Sinfonía de Beethoven. El relator interrumpe su anécdota, coge su
teléfono y levanta un brazo para pedir silencio. Se pone de pie y se aleja unos
pasos del grupo que sigue divirtiéndose. Se limita a observar su pantalla y
saca de su bolsillo otro teléfono, un pequeño Nokia 6131 y marca un número
memorizado.
En la pequeña
oficina contesta el operador. En pocas palabras le explica la situación.
—Dile a ese idiota que salga de
la carretera y se vaya a la casa del metal— dice desde el restaurante el
individuo con voz cortante.
—Enterado —se limita a responder
el encargado de los teléfonos.
Llama de vuelta al
conductor y le transmite las instrucciones. El joven conduce hasta un
restaurante ubicado a un costado del camino, entra al estacionamiento y
desciende. Pide una Coca-cola Zero y vuelve a salir. Ahora viaja en dirección
contraria. Antes de acercarse a la zona urbana toma un camino lateral y se
interna por calles interiores. Cruza varias avenidas y llega hasta frente un
galpón metálico. Toca la bocina y asoma un tipo con su ropa cubierta de grasa.
Abre el portón y espera que el conductor baje del vehículo. Sube de un salto y
espera que el muchacho se aleje. Enciende el motor y lo conduce hasta un patio
interior. Dos operarios esperan fumando, apenas se detiene el Nissan Murano arrojan
los cigarrillos y se abalanzan sobre el vehículo. Lo primero que extraen son
todos los vidrios, asientos, máscara, faroles. Puertas y tapa de motor. Luego
las piezas mecánicas. Con un tecle extraen el motor, apenas asomado desconectan
la caja de cambios y la colocan a un lado. Neumáticos, suspensión, sistema
electrónico. Al poco rato sólo está la carrocería apoyada en el suelo. Se
enciende una “galleta” y con minuciosas incisiones en los pilares el techo se
desprende con facilidad. Queda el chasis, con un preciso corte de oxígeno
desaparece el número de serie y se le instala otro nuevecito, recién impreso en
metal. De la Nissan Murano TL 310 azul metálico sólo queda un montón de piezas
y accesorios mecánicos. Tiempo total, 28 minutos.
III
En medio de la pampa
se desplaza un Jeep Compass 2.4 con motor de cuatro cilindros en línea y 16
válvulas. Un sendero apenas visible lo conduce hacia lo alto de un elevado
cerro colorado. Al llegar al punto más alto se encuentra con una camioneta
Chevrolet C-10 del año 80. En su interior tres hombres de mala catadura. Le
hacen señas para que los siga. Se internan por entre piques y quebradas. Pasada
una hora llegan a una planicie donde están los otros vehículos que salieron
antes que él. Los reciben vario hombres cubiertos con ponchos de lana. Se
adivina que portan armas de diverso calibre. Entrega su llave y abandona el
vehículo, sube a la carrocería de un destartalado camión Kia 3500 S. Sentados
en unas banquetas de madera en el interior están los otros conductores esperándolo.
En el centro de Antofagasta, en un concurrido restaurante de la
calle Condell, dos hombres conversan. Suena un teléfono. Uno de ellos contesta.
Escucha, asiente y corta. Llama a una niña que está sentada dos mesas más allá.
La muchacha se levanta y de una pequeña cartera de plástico saca una llave y la
entrega al hombre. Este la recibe y se la pasa a su interlocutor.
En un concurrido supermercado de Antofagasta centro una mujer sola
pasa una gran cantidad de mercadería por la caja. Acumula sus bolsas en un
carro metálico y pide al niño que le acompañe hasta el auto con sus compras. El
niño conduce diestramente el carrito cargado de bolsas. Al pasar frente a los
casilleros la mujer le entrega al niño una llave y le pide que saque el
contenido. El niño se dirige al casillero que marca el número de la llave y lo
abre. En su interior un maletín de plástico corriente. Lo saca y lo lleva hasta
el carro de compras. La mujer lo guarda en una bolsa plástica vacía del propio
supermercado. Llegan hasta un Hyundai Sonata 1993 de color blanco. La mujer
abre el portamaletas y el niño coloca todas las bolsas en su interior.
En el amplio
salón de su casa Emilio departe con un grupo de amigos. Engalanado por Paula
Perez Boo, una decoradora argentina traída directamente desde Buenos Aires para
dejar la sala con un estilo moderno y con orientaciones Feng Shui. Los
invitados elogian los cuadros pintados al óleo y la variedad de muebles en
maderas finas. Suena el teléfono celular del dueño de casa.
—Buenas
noticias —dice la voz al teléfono— Asunto terminado.
El anfitrión
apaga su teléfono y levanta su vaso para hacer un brindis con sus invitados.
FIN
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